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La vecina – bruja

cogas di villacidro
En la antigüedad existían las is cogas, las cogas (brujas). Eran mujeres que llevaban una vida normal pero que, en ocasiones particulares, podían transformarse en animales, sobre todo moscas y gatos, al untarse el cuerpo con ciertos ungüentos. Así transformadas, entraban en las habitaciones donde dormían los recién nacidos, a los que les chupaban la sangre dejándolos agotados y, a veces, muertos. Las madres de Villacidro temían muchísimo a estas mujeres y, cuando tenían un niño pequeño, tomaban toda clase de precauciones para protegerlo de las temidas cogas de Villacidro. Los remedios más comunes eran colocar un trípode al revés delante de la puerta, apoyar una escoba invertida, dejar una vieja hoz mellada para que la coga se detuviera a contar los dientes, pero como solo sabía contar hasta siete, tenía que volver a empezar una y otra vez hasta que pasaba la noche y así se veía obligada a retomar forma humana sin haber causado daño alguno. Pero la defensa más poderosa era la invocación a San Sisinnio. De este santo, las madres devotas de Villacidro conservaban una estampa colgada en la puerta. Una mujer del vecindario era conocida como coga, pero nadie había logrado atraparla. Una noche, el padre de un pequeño niño oyó ruidos extraños que venían del cuarto donde dormía su hijo en su brazzollu (la cuna). Sospechando algo, agarró su suadori (el tubo para avivar el fuego) y, con pasos sigilosos, se dirigió hacia la habitación donde descansaba el niño. De inmediato vio un gato negro que se acercaba furtivamente a la cuna. Rápidamente dejó caer el pesado hierro sobre la espalda del gato que, con un salto… felino, desapareció en la noche. A la mañana siguiente, la vecina fue vista saliendo de casa apoyada en un bastón y se la oyó maldecir al padre del niño: «Eh, gei fìasta presciàu nottèsta! Giustizia ti cruxiada cun maus attottu!» (¡Eh, qué furioso estabas esta noche! ¡Que la justicia te persiga con esas manos!). Todos entonces comprendieron que aquella mujer era una coga, y desde entonces la vecina dejó de cogare. Gian Paolo Marcialis

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